viernes, 10 de febrero de 2012

Celebración de los juegos de rol

Estimado lector: la historia que estás a punto de leer no pretende ser otra cosa que una celebración de la maravillosa actividad que es el rol, y como ésta apela a la inocencia que habita en nuestro interior, por muy adultos que seamos o nos creamos ser, pues si no fuese por la inocencia, el rol no se sostendría. Trata de muchos temas, y a veces parece hacerlo de forma muy dura, pero recuerda, amigo lector, que no pretende ser más que una humilde sátira, con su cierta malicio, pero no menos cierta, además de mayor, dosis de humor. Como tal, se te ruega, amigo lector, no tomar muy en serio la prosa hiriente del autor que, por otro lado, es completamente culpable de sus opiniones, de las que no puede escapar pues tal es la condición humana, y sí aceptes la mas liviana prosa humorística con la intención de animar el espíritu. Observa, amable lector, que el autor no puede por menos que admirar la obra del gran, el mil veces genial, Charles Dickens, y que este humilde homenaje es un pobre intento de honrar la memoria y trabajos del gigante a cuyos hombros el autor se sube para tratar de entender este loco mundo. Finalmente, una nota de disculpa, pues el proceloso mundo moderno y al efímera naturaleza del medio bloguero han disuadido al autor de realizar ni una sola revisión del texto, ofrecido así tal cual vino al mundo. Disfruta ahora, querido lector, de esta celebración de los juegos de rol.


***


Celebración de los juegos de rol


¿Por qué habrá tenido que traer a su hermana?

Mario miró disimuladamente al otro lado de la mesa, pero rápidamente devolvió la mirada a las cartas frente a él cuando Andrea le dirigía la suya. No es que le diera vergüenza, mira tu, un tío de su edad. Pero la chica era tan guapa… más que María. Ya podría María ser tan guapa. Y haber tenido algún interés, por mínimo que fuese, en el rol. Pero no, resulta que lo tenía que mostrar Andrea, la hermana de Julio, precisamente en el momento más inoportuno.

Si no fuese porque necesitaba a Julio para dirigir… Hubiese dirigido él mismo, pero no podía resistirse a las delicias de la cuarta edición, las opciones con las que construirse su personaje y el control que podía tener sobre cada combate, cada movimiento, gracias a un puñado de espectaculares miniaturas y el tablero. Y las cartas, el mazo de incontestables cartas con las que podría imponer al Master su voluntad… era como ser Master, en vez del Master, pero jugando a la vez.

Una partida tan simbólicamente importante, en la víspera de que fuese reeditada la primera edición, organizada por Mario en su tienda de cómics y frikadas varias, para expresar su repulsa ante un movimiento tan retrógrado, que solo podía anunciar lo peor para la futura quinta edición... y la hermana de Julio decide probar cuan divertido es eso del rol. Y todo porque era otra de esos nouveaus frikis, entusiasmados por la última gran superproducción televisiva de fantasía medieval, cuyas novelas originales los entendidos llevan leyendo años. Y encima no la había visto hasta ser emitida por televisión, cuando Julio se la habría descargado de Internet un mes antes.

No era tan malo como que Julio se hubiese visto obligado por el trabajo de su esposa a traer a su hijo pequeño, Tomasín, con quien Mario, ni nadie que él supiese, pudiesen conversar, y que solo sabía jugar constantemente con su pequeña consola, cuyo soniquete de explosiones y gritos de terror amenazaban con arruinar la partida. Era peor, puesto que Andrea estaba activamente lográndolo.

-Es tu turno- le dijo Julio a su hermana. -¿Qué haces?

-¡Me lanzo sobre el monstruito este, pero en el último momento esquivo, me tiro al suelo y me levanto por detrás para atacarle!- respondió Andrea con entusiasmo.

-Eh…- Julio dedicó una rápida mirada de ansiedad a Mario antes mientras contestaba -en realidad, no puedes hacer eso.

-¿Y por qué no? Siempre estáis alardeando de que en un juego de rol se puede hacer todo lo que se quiera, pero llevas toda la noche prohibiéndome cosas.

-Si no es eso, es que aún no tienes el nivel suficiente para usar ese poder…

-¿Pero qué poder ni qué poder? ¡Si solo es tirarme al suelo y rodar!

Junto a ella, donde se había situado de forma sospechosamente apresurada, Manolo emitió una carcajada de complicidad. Mario miró con cansancio al pequeño Jonathan, el benjamín del grupo, a quien había elegido entre los chavalotes que iban a los torneos que organizaba en la tienda, para elevar de la categoría de jugador de juego de cartas a también jugador de rol, buscando rellenar los huecos de aquellos que con los años habían dejado el hobby. Este le sonrió con complicidad.

-Pero… es que el juego es así…- contestó Julio.

-Y además es la versión más evolucionada y equilibrada, fruto de una gran labor de investigación y desarrollo- remató lapidariamente Mario, sosteniendo la mirada de Andrea con la renovada fuerza de la convicción en su argumento.

-Buenooo… -respondió ella-. Pues no entiendo porqué no puedo hacer cualquier cosa normal, pero vale, si es un juego, habrá que jugarlo con sus reglas… pueees… vuelvo a realizar esta maniobra para tener al monstruito a tiro, pero en el lado contrario que la otra vez, para que no se de cuenta- explicó señalando una de sus cartas.

Mario giró sus ojos en desesperación, y luego los dirigió con odio al niño y su ruidosa consola.

-No, ese ya no puedes usarlo. Solo lo puedes usar una vez por combate- dijo Julio.

-Te estás cebando en la pobre chica, tío- intercedió Manolo por la dama, donde, en opinión de Mario, no se le había perdido nada.

-Gracias, Manolo. Yo ya no entiendo nada. Si realizo una maniobra de distracción a un monstruito, me lo cargo, y me enfrento a otro monstruito, ¿ya no puedo realizar otra maniobra de distracción con este?

-¡Gilipolleces!- respondió Mario saliendo en defensa del Master y el juego.- Así el juego está equilibrado. Y para ello el juego necesita reglas precisas, que tienen cierta complejidad, y que tienen que ser aprendidas teniendo paciencia. Además de que te estamos enseñando...

Tanto Julio como Manolo torcieron el gesto ante el cierto desprecio que se desprendía de las palabras y el tono de Mario.

-Ya, vale, pero entonces, ¿en un juego de rol todas las opciones que tengo son solo estas?- preguntó ella, levantando apenas una docena de cartas en sus manos.

-Las cartas- respondió Mario con creciente dureza –son un accesorio opcional para facilitar la gestión de recursos de su hoja de personaje…

-¿Pero tú te oyes hablar, tío?- saltó Manolo –Ni que esto fuera Macroeconomía o Física Cuántica. ¡Que es un juego de imaginar! No pasarse la vida haciendo cálculos para quitarle poder al Master...

-Pues que rollo.- continuó Andrea antes de que acabase Manolo. -De verdad que pensaba que esto era imaginarse cosas, como cuando éramos niños, y…

-¡Gilipolleces!- terminó por explotar Mario. –Habláis como esos grognards nostálgicos que no son capaces de superar el pasado y los sistemas con reglas incompletas sin evolucionar, sin dejar de criticar la versión más moderna y aceptarla, que es que nos quieren devolver a las cavernas, coño, ¡y tu deja ya de una vez LA MALDITA CONSOLA, NIÑO PESADO!

Todos enmudecieron. Tomasín miró fugazmente a Mario con terror mientras se refugiaba detrás de su padre. Como siempre, sin articular una sola palabra. Julio comenzó a recoger.

-Lo siento… Yo… - comenzó ha disculparse Mario.

-No importa- le cortó Julio. -No pasa nada, estamos estresados y hoy no era buena noche para jugar.

Mario agachaba la vista mientras los demás se iban dirigiendo hacia la puerta de la tienda, levantándola ocasionalmente para ver las reacciones del grupo. Delante salieron Manolo y Andrea con Tomasín de la mano; la chica le dirigió una rápida mirada que Mario no supo descifrar.

A continuación salía Jonathan, quien se creyó obligado a reconfortar a su “mentor”.

-Que fuerte, ¿no?

-Bueno… alguna gente no puede entender la filosofía de los juegos de rol…

-Cierto, tío. Lo mejor que le ha pasado al rol es ser influído por los adelantos de los juegos de mesa y todo lo demás. Añadirles cartas lo hace más fácil. No tienes que pararte a pensar rollos que te coman la puta cabeza, tío. Nada como los juegos de cartas, eso sí que está todo clarete. Mañana nos vemos pa’l torneillo, ¿eh?- y le dio un rápido golpe en el brazo a modo de despedida mientras salía.

-Sí, sí…- balbuceó sin saber muy bien como tomarse la perla de sabiduría que alguien mucho más joven le acababa de regalar. Pero bueno, si había gente doctorada más joven que él, podría ser…

-Nos vemos, tío- se despidió Julio, el último en salir tras recoger su material.

-Tío, de verdad que lo siento…

Julio levantó la mano en un gesto conciliador con que restar importancia.

-Tranqui, no pasa nada. Ya sabes que Tomasín es muy retraído, y eso suele descolocar a la gente. No te agobies… ya nos veremos...

-¿La próxima partida… ?

-Ya veremos. Esto está dejando de ser divertido, y ya hasta nos peleamos. Deben ser los años, pero ya no es tan divertido como antes.


***


Mario cerró la puerta con llave. Volvió a la gran mesa de juego en el centro de su tienda, y comenzó a recoger los trozos de pizza barbacoa. Debido a la repentina estampida, había quedado bastante; mucho mejor, puesto que había decidido pasar la noche en la trastienda viendo películas malas, en vez de volver a casa con sus padres, para seguir oyendo las recriminaciones de su madre sobre haber cumplido los cuarenta y no haber tenido más novia que María, quien le había mandado al cuerno.

Sin embargo, no disfrutó con Bruce Lee peleando contra un toro como otras veces. No dejaba de pensar en los acontecimientos de la noche, y en la mirada de Andrea, que era más guapa que María, como de paso se recordaba insistentemente. Ya no es tan divertido como antes…

-¡Gilipollleces! ¡A las cavernas nos quieren devolver!

Y pronto se sumió en un sueño en el que vestido de Bruce Lee trataba de rescatar a Andrea, montada sobre Manolo en forma de toro, mientras se lanzaban cartas, hasta que hubo de pararse ante un semáforo en rojo mientras que manolo se lo saltaba, y Mario sentía la desesperación por perderlos de vista, pero es que el semáforo…

Somnoliento, se limpió la baba de una comisura mientras se dirigía a apagar la tele.

En la subsiguiente oscuridad, sintió frío. ¿O era calor?

Se dio la vuelta rápidamente, y una sensación de irrealidad le heló la espina dorsal.

Ante él, sobre una luz roja que emanaba desde abajo, como del mismísimo infierno, un enorme bárbaro ataviado con un casco de cuernos le miraba con los ojos más salvajes que había visto en su vida. No tuvo ningún problema para reconocerlo.

-Biyonborg…

-Sí, soy yo, Biyonborg. Se supone que soy tú, o lo era, hace mucho tiempo.

-Hace casi treinta años… mi primer personaje… - una sonrisa afloró a su boca. –Madre mía que pesadilla. Demasiada pizza barbacoa para mí solo.

La carcajada del bárbaro hizo retumbar la estancia.

-¿Pesadilla? Maldito gordo pusilánime… tú, despojo, eres mi alter ego, ¿y resulta que yo soy tu pesadilla? No me hagas reir. Mira en lo que te has convertido desde mi muerte.

-¿Muerte… ? ¡Ah, si! Las minas de Rontfhall… aquella épica campaña que dirigió Julio…

-Sí, eso es, Rontfhall… mi muerte, con una espada en la mano, eso te lo debo. Ahí se acabo nuestra sociedad. Y mírate, desde entonces, cómo has degenerado...

Mario se pellizcó para despertar de la vívida pesadilla, pero no surtió efecto. -Oye, no te pases, que solo eres un sueño.

Algo en la mirada del bárbaro se endureció de tal manera que Mario se quedó enmudecido. Empezó a preocuparse por los extraños efectos psicosomáticos que la pesadilla le estaba provocando.

-Escúchame, gusano- le dijo el supuesto ectoplasma –esta noche tendrás una oportunidad de recuperar lo perdido. Recibirás la visita de tres espectros, cada uno representando las partidas del pasado, las del presente, y las futuras. Te enseñarán el pasado, el presente y el futuro en lo que a ti se refiere. Aprovecha la sabiduría que se te ofrece, y no me decepciones, hombrecito.

Entonces, con un estruendo infernal, tentáculos surgieron de la luz en el suelo para rodear al bárbaro, que blandiendo su espada, fue arrastrado con carcajadas de pura alegría.

Entonces se hizo el silencio.


***


Mario puedo recuperar el aliento después de un rato, y encendió la luz de la trastienda. En este espacio recóndito, el aislamiento creaba una sensación de irrealidad. Decidió salir de allí, cuando una voz le detuvo.

-Saludos, humano.

Esta vez se volvió para encontrar a una mujer de su altura, muy hermosa, dotada de una larga cabellera rubia, una armadura plenomedieval que parecía sacada de un museo, pero perfectamente diseñada para su figura, y orejas de punta.

-Ostia, que broma tan buena- dijo él. Pero dejaros ya de esto. Y a ver como habéis entrado, porque voy a llamar a la poli, pero ya.

La mujer le miró extrañada. Él empezó a reírse mientras alargaba una mano hacia una de las orejas puntiagudas para arrancar la prótesis de maquillaje.

Solo que no era maquillaje.

Mario dio un traspiés hacia atrás, cayendo sobre el sillón, sorprendido. Entonces se dio cuenta de que, a pesar del aspecto exterior, la mirada de la mujer sugería la sabiduría de la edad avanzada…

-¿Qu-qué está pasando?

-Soy Elmora, el espíritu de las partidas pasadas- le dijo la elfa, sonriendo, -pero creo que ya te ha sido anunciado.

-¿De que va todo esto?- pudo decir Mario recuperando el aliento. Mirando a su alrededor, todo le parecía muy real.

-Ven, camina conmigo- le dijo el espíritu, y le cogió del brazo. -Déjame que te recuerde como eran tus partidas hace muchos años...

Mario pudo oír risas infantiles. Caminó junto al espíritu por el pasillo del viejo piso de sus padres, en el que ya no vivían desde hacía veinte años. Aun así volver a verlo le trajo recuerdos, sensaciones agradables que el piso actual no podía evocarle. Sabía lo que había al fondo del pasillo y lo anhelaba. Cruzaron el umbral, y ahí estaban. Chicho, Javier, Germán, Julio, y él mismo, tras su pantalla del Master de primera edición.

-Chicos… - logró balbucear conteniendo las lágrimas, pero nadie le constató, excepto el espíritu.

-No pueden oírte, Mario, ahora somos ambos espíritus aquí.

Mario asintió, y luego sintió la obligación de explicarle el maravilloso milagro al que estaban asistiendo.

-Este es mi grupo de jugadores de los 80. Ahí estoy yo, dirigiendo mi campaña casera… Dios, como disfrutaba creando cada personaje, cada castillo, cada trampa… las horas que pasaba diseñándolo todo eran casi tan felices como las que pasaba jugando, por la expectación…

-¿Ahora ya no es así?- preguntó la elfa espíritu.

-No… ahora tampoco tengo tiempo. Pero no importa, puedes comprarlo todo hecho, y generar una serie de encuentros rápidos para hacer una partida. Con lo que te lleva el combate, llenas una sesión…

-¿Y tu grupo sigue siendo el mismo?

-Uy, no, no… La gente se ha hecho mayor. Julio sigue conmigo porque es mi mejor amigo… puede que lo que nos hace serlo sea lo mismo que nos mantiene jugando. Chicho dejó de jugar al empezar la universidad, y Germán aguantó más, hasta que se casó, y después dejó de jugar gradualmente, con los críos y eso… Y Germán… -Mario se interrumpió un segundo –Germán se acabó aburriendo. En los 90, cuando jugábamos a segunda. Decía que cada vez le costaba más mantener la ilusión, y que echaba de menos la inocencia del principio, y lo fue dejando. Cuando salió la tercera, intenté que la probase, pero dijo que con los cambios necesarios el juego se había vuelto muy pesado, muy rígido, muy… ¿Cómo era? ¡Ah, sí! Muy *sabelotodo*. Y nunca más volvió a jugar.

Mario entornó la mirada sobre los niños, que chillaban tras una tirada de dados, dando mandobles con imaginarias espadas a diestro y siniestro. En un momento dado su yo pasado mencionó rituales de naturaleza especialmente sangrientos para invocar demonios, con alguna palabra que consideró impropia para un chico de esa edad.

Se permitió volver a disfrutar durante un rato de todo aquello.

Si solo pudiera…

-¡Pero no! ¡Gilipolleces! Ya se para qué me has traído aquí, producto de mi imaginación, y te agradezco las buenas intenciones, pero no. Yo me he hecho mayor, y todo ha cambiado, evolucionado. Y eso es para mejor, ¿sabes? Porque eso es ciencia, ¿y qué sabe de ciencia un espíritu? Peor, ¿un producto de mi imaginación?- mientras Mario lo repetía insistentemente, esperaba convencerse ante el inquietante realismo que todo aquello no dejaba de transmitirle. –Además, ver estas cosas es doloroso, ¿sabes? Así que sácame de aquí.

La elfa espíritu esbozó una amarga sonrisa mientras miraba a Mario con una tristeza que le estremeció.

Se encontró de nuevo solo en la trastienda. Mirando a su alrededor, tuvo una sensación de Dejá Vu, cuando ponderó lo real y lo irreal.


***


No hubo de esperar mucho hasta que un trueno lo tumbó en el suelo. A medio incorporar, pudo ver al segundo espíritu.

Y resultó ser mucho más chocante de lo que hubiera esperado.

Se trataba de una segunda elfa, pero poco tenía que ver con la anterior. No es que estuviese tan bien proporcionada como que desafiara las leyes de la gravedad. Su armadura recordaba más bien a una suerte de pavo real metálico que a un guerrero, y Mario pudo reconocer rápidamente una docena de puntos débales por donde penetrarla. Portaba una enorme espada, prácticamente una viga de acero con el mango de un polo. Pero lo más impactante era su cara. Sus grandes ojos y pequeña boca le hacían parecer un lemur antes que ser humano, con lo que el conjunto provocaba una cierta repulsión; era extraño, pues Mario consideraba que en los dibujos quedaba bien…

Lo que estaba claro es que se le iría el presupuesto ectoplásmico en fijador.

-¡Yo-soy-Baka-Buso!- chilló la extraña elfa -¡Yo-soy-el-espíritu-de-las-partidas-presentes!

-¿Eh?- preguntó Mario abrumado por la pobre dicción y falta de vocalización.

-¡Tú-vienes!¡Ahora!- continuó ella; afortunadamente su semántica no era muy elaborada, para compensar.

Tras agarrarle fuertemente, dio un salto y Mario se encontró flotando sobre la ciudad, viajando entre las calles. Durante el viaje, hubiera jurado que algunas personas los habían visto y caído inmediatamente al suelo; incluso pudo fijarse en una el tiempo suficiente como para afirmar que sufría una ataque de epilepsia.

Le enseñó una partida de jovenzuelos que conocía como habituales a la tienda. Parecía que habían empezado a jugar cuarta edición, pero en algún momento decidieron continuar con las cartas, probablemente entrenando para el torneo del día siguiente. Uno de ellos estaba frente a la tele con una consola.

Después le llevó hasta otra partida de gente más mayor, en la que todos interpretaban histriónicamente a sus personajes, como si fueran malogrados actores del método Stanislavski que no hubiesen conseguido un hueco en ninguna compañía teatral. De repente la escena le pareció sacada de un plató televisivo de programa basura, con todo el mundo tirándose los trastos a la cabeza con muestras de afectación emocional esperpénticas, y en una última catarsis comprendió como era que los programas de televisión basura tuviesen un guión. El peor de todos era el Director de Juego.

Quiso comentarlo con el espíritu, pero esta parecía hacer las cosas sin saber muy bien por qué o cual era el significado de todo aquello.

A continuación le mostró otra partida de adolescentes y adultos disfrazados de adolescentes, todos ellos muy pálidos y completamente vestidos de negro, que se echaban unos a otros miradas de “soy más listo que tú” y diciéndose “eres un ser despreciable” donde querían decirse “estás para mojar pan”, para finalmente volver todos a casa más solos que la una. Aunque de camino el espíritu se perdió, momento que Mario aprovechó para probar la espada, comprobando que el acusado desequilibrio de la misma la hacía poco o nada apropiada para el combate, pero totalmente válida como arado.

La última parada era la casa de Julio. Andrea estaba allí, sentada en la salita con una taza en la mano. Julio estaba sentado en la alfombra, frente a Tomasín, mientras jugaban a las cartas, con el niño callado, como siempre. De la cocina procedían los sonidos que Beatriz, la esposa de Julio, hacía preparando la inesperada cena, al volver los hermanos temprano. Mario escuchaba en silencio, junto al espíritu.

-Que decepción- decía Andrea, aunque a Mario no le quedó del todo claro si se refería a la partida; no completamente. –Creí que era algo más molón, como me has contado siempre. Algo accesible y divertido…

-Si, bueno- respondió Julio, -supongo que si oyes grandes cosas durante un tiempo largo, tus expectativas suben demasiado.

-Es que se os veía tan felices de críos…

-Pues a lo mejor es eso. Que ya somos mayorcitos para estas cosas, y ya no las disfrutamos. Y como adultos, pues resulta que “lo sabemos todo”. Se acabó la inocencia porque sí.

-Pues no se que decirte… a mí es que el juego no me motivó.

-Pues a lo mejor es así, a lo mejor el juego también se ha hecho mayor y “lo sabe todo”. Pero como nosotros también, pues no nos damos cuenta. Una cosa sí te diré- se volvió hacia su hermana –de crío, no hubiésemos disfrutado de algo tan complicado. Lo se. Había juegos tan complicados entonces, que leímos y nunca utilizamos.- Miró de nuevo a Tomasín, y le pasó la mano por la cabeza. –Tampoco veo a este jugando algo tan complicado. Este juego suyo le gusta más por los monstruitos y lo que implica, que por las reglas.

Julio respiró hondo.

-Si esto ha ofrecido todo lo que podía ofrecer, quizás sea el momento de dedicarme a otra cosa, y no perder más el tiempo. Quizás deberíamos tener una vida social de adultos. Por lo pronto, podríamos quedar a salir algunas noches, con Manolo, por ejemplo; yo diría que le gustas.

Sonrió maliciosamente a su hermana, y esta se ruborizó.

-Vámonos- dijo el espíritu.

-Espera, quiero ver que pasa con Andrea...

La elfa espíritu le agarró y salió volando, cargando con él hasta la calle. Parecía cansada, y se inclinaba bajo el peso de la estrambótica armadura. De alguna forma, Mario concibió una singular idea.

-¿Cuánto vive un espíritu como tú?- preguntó.

La elfa le miró extrañada.

-Una-noche-claro- le respondió.

Mario se entristeció, mientra le volvía la mareante sensación de irrealidad. Volvió a observar como la elfa se inclinaba.

-¿Qu-qué llevas en la armadura?

La elfa levantó algunas plumas de pavo real metálicas, y Mario se estremeció. Dos pequeñas niñas, se acurrucaban, abrazadas en la espalda del espíritu, sus cuerpos esqueléticos, sus caras cadavéricas, sus ojos rebosantes de desesperación.

-Dios mío… ¿Son tuyas?

-No-no-son-de-la-Humanidad-una-es-Ignorancia-y-la-otra-es-Necesidad.

-Pero, ¿qué quiere decir eso?- preguntó Mario horrorizado. -¿Por qué cargas tú con ellas?

-No-lo-sé- respondió el espíritu mientras se alejaba. -¡No-lo-sé!

Mario se preguntó si en este mundo de espíritus el simbolismo de todo lo que experimentaba tendría un profundo significado, y cuales serían entonces las consecuencias de lo que acababa de ver.


***


Sus pensamientos le impidieron percatarse de que se encontraba en plena calle, a las puertas de la casa de Julio. Una cierta oscuridad, mayor que la de la noche, pareció rodearle.

El tercer espíritu se encontraba ante él.

-No me jodas, tío…- empezó a decir Mario ante la enigmática aparición encapuchada. -No me jodas… No te puedes haber disfrazado de algo más tópico.

La sepulcral figura permaneció callada, pero para Mario el efecto de ese silencio fue como el aullido de un huracán. En todas las estremecedoras vivencias de esa noche, no había sentido un terror tan profundo como el de ese momento. El espíritu levantó un brazo. Mario creyó percibir una esquelética mano entre los ropajes.

-Vale, tío, te sigo, pero supongo que también estás aquí para ayudarme, como tus colegas, ¿verdad?

Sin recibir respuesta alguna, siguió al espíritu entrando al portal de la casa de Julio. Subió las escaleras, que se le aparecieron más siniestras de lo que nunca podría haber imaginado.

Al llegar al piso de Julio, se podían oír risas y voces.

Toda la familia estaba allí; Julio, Beatriz, Adrián, Manolo… Mario pudo observar con una inesperada (¿inesperada?) punzada de dolor como Manolo tenía a Andrea tomada por la cintura, y las miradas de complicidad entre ambos. Pero se le tenía reservada una sorpresa aún mayor. Mario abrió los ojos como platos cuando pudo ver allí a Germán. Tardo medio segundo en reconocerle; con los años había engordado y se había dejado barba, pero su pelo rojizo y ojos risueños eran inconfundibles.

-¡Germán!- le llamó Mario, antes de darse cuenta de que no podía ser visto. –Ah, vaya-.

-¡Qué pasada volvernos a encontrar!- le decía Julio, mostrando una gran alegría. –Ya sabía yo que hacer vida social fuera del mundo friki era bueno. Mira que hacen años…

-Sí, desde los tiempos en que jugábamos juntos, hablando de frikis- rió Germán.

-Y que tiempos… aquí Manolo trató de llenar tu hueco- Manolo gesticuló para darse por aludido, sin soltar a Andrea –pero la cosa fue decayendo, y lo dejamos hace un par de años.

-No me sorprende- respondió Germán, algo más serio. –El rol se volvió demasiado sofisticado para mi gusto. Me extrañaba que a vosotros no os ocurriese lo mismo. Y mira que en Internet veo montones de cosas que me gustan al respecto, pero cuando me acerco a las tiendas a preguntar, la cosa parece que está muerta, sobretodo entre la Juventud. Ahora todo son es la comodidad de los juegos de tablero, la rapidez, la gratificación instantánea, sin esfuerzo, sin coste… con lo que sudábamos nosotros para conseguir una espada +1…

-Y que lo digas, menudas aventuras… pero si que es verdad, ahora es todo simple y automático. Los chavales solo quieren que les digan qué botón apretar para obtener un efecto instantáneo y una bonificación… y con unos gráficos que superan en resolución a su imaginación. Mira Tomasín, cada vez más embebido en la consola…

-Vamos, vamos-, cortó Beatriz, evitando la mención negativa sobre su hijo –que parecéis dos viejos con sus batallitas.

Eso consiguió arrancar algunas risas necesarias.

-Si has visitado tiendas-, prosiguió Julio -alguna vez entrarías en la de Mario.

-Pues no, no sabía… ¿qué es de él?

-La verdad es que perdimos el contacto cuando dejamos de jugar.

-¡Ah! Claro. Siempre ha sido el instigador…

-No te creas, con el tiempo nos fuimos dedicando más y más a juegos de mesa. El problema es que por mi parte siempre hubo una distinción, pero creo que por la suya, no. Así que el rol con él se convirtió en algo complejo y obligadamente burocrático. Las reglas iban a misa, ya sabes. Y los sistemas le gustaban cada vez más complicados. Como además era la tónica general, pues yo casi no distinguía cuando jugábamos una cosa de cuando jugábamos la otra, al menos por mi parte. Dejó de tener el sentido, la gracia original, como te ocurrió a ti.

-Pues vaya. Hombre, tampoco me sorprende, según fueron desarrollándose las cosas. Aunque, recordando los viejos tiempos, se le echa de menos, a ese grandullón.

-Los viejos tiempos, ¿eh?- Ambos se miraron, y un atisbo de algo demasiado grande para morir se pudo entrever.

-¿Y si… ?- comenzó Germán. –Sabréis que hay grupos de personas que juegan todavía, de una forma u otra, a la primera edición…

-¡Claro!- contestó Julio. –Y no solo eso, hace tiempo incluso la reeditaron. E iban a sacar una quinta edición compatible o algo así…

-Y mucho más… siempre quedan las ediciones de los fans, para poder jugar sin pagar ni un duro. Y en los tiempos que corren, eso es fundamental…

-¡Veo que estás puesto!- afirmó Julio con entusiasmo.

Germán sonrió, y el niño que fue se reflejó en su cara.

-Estoy pensando que, alguien dijo una vez… que si echas de menos lo que hacías, hazlo de nuevo… ¿Y si nos conseguimos unos manuales de primera?

-¿Y jugamos? Sí, ¿porqué no?- Miró a su alrededor, a su esposa Beatriz que sonreía al verle tan contento. A Manolo que afirmaba con cierta incredulidad. A su hermana Andrea que se encogía de hombros con curiosidad. A su viejo amigo Germán. Y al pequeño Tomasín, sentado en una esquina, absorto ante su consola.

-Y quizás los más jóvenes quieran iniciarse cuando nos vean a nosotros…

Mario tenía tantas ganas de hablar como el espíritu. Observó entonces que este le señalaba hacia la salida, y ambos dejaron el lugar en silencio, mientras los demás entraban en una jubilosa tormenta de ideas.

Siguió al espíritu por las calles, hasta que se dio cuenta que iban en dirección a su tienda. Aquello le provocó un mal presentimiento, y la necesidad de saber.

-¿Dónde me llevas, espíritu? Vamos a mi tienda, donde estaré jugando a rol, aunque Julio y los demás no lo sepan, ¿verdad? Solo hemos estado separados por un malentendido. Es una pena por ellos, que han dejado de jugar… pero yo sigo jugando, ¿verdad? ¿Verdad que sí?

De nuevo el espíritu no le contestó. Se acercaban a la tienda, y un Mario sentía un peso sobre el alma. Finalmente llegaron, para comprobar que ya no existía. En su lugar se encontraba una sucursal bancaria.

El espíritu levantó el brazo. Mario le siguió, hacia una zona de la ciudad que no frecuentaba. Desde luego, no iban a casa de sus padres. Mario se temía lo peor, pero era incapaz siquiera de pensar qué podría ser. Al fin entraron en un viejo apartamento a oscuras, en una casa destartalada, en un barrio de mala muerte. Mario sentía en sus entrañas que se acercaba al final de su viaje. Había visto suficientes películas para saber en que parte se hallaban del guión.

-¿Y bien espíritu? ¿Qué has de decirme?

El espíritu levantó su mano de nuevo, señalándole un resplandor en la oscuridad. Una pantalla de ordenador. Mario se acercó, tambaleándose, con un creciente desasosiego. Un juego masivo multijugador mostraba al personaje de una elfa imposible, entrando en una taberna, sentándose en una mesa con tres parroquianos, otros tres jugadores, y saludándoles, como podía leerse en el texto que iba apareciendo a la par que un teclado sonaba en la oscuridad.

“Hola, Bigdick. Hola, Biggerdick. Y hola, Biggestdick”.

Ellos le devolvieron el saludo.

“Sabéis”, dijo Biggestdick, “he pensado que podríamos interpretar los personajes. Actuar según una personalidad, como hacen en un servidor en el que he jugado. Es muy divertido…”

“No digas tonterías”, respondió la elfa. “¿Con que propósito? Eso produce ningún tipo de beneficio, no aporta nada al juego. ¿Se puede convertir en un algoritmo? ¿No? ¿Entonces qué puedes sacar de ello? Nada. Los algoritmos si que producen, bienestar, por ejemplo. Le das a un botón, y obtienes un efecto. Lo demás es esfuerzo sin beneficio. El algoritmo puede afinarse cada vez más. El algoritmo manda. El algoritmo es un dios… Yo ya dediqué mi tiempo a cosas tán simple cuando no teníamos otra cosa, como esto, que tiene mejores gráficos. Mejores gráficos que mi imaginación. Así que deja de ser tan capullo, capullo.”

Bigdick y Biggerdick comenzaron a reir.

-Pero que dice esta elfa- se dirigió Mario al espíritu. –De que habla… rol sin interpretar, lo que me quedaba por ver. Todo reducido a algoritmos para todo, y lo que no es reducible a algoritmos no merece la pena… ¡Ah! ¡Ya lo entiendo! Biggestdick soy yo, por supuesto; un nombre tonto, claro, no hay duda. Sigo jugando a rol, y defendiéndolo en los lugares más duros, como en un masivo multijugador. ¿Es así, espíritu?

El espíritu no contestó, y por última vez levantó su brazo. Esta vez, no hubo ambigüedad sobre su esquelética mano cuando la extendió para señalar, con un huesudo y terrible índice, la parte de la pantalla donde aparecían los datos de la elfa. Y más concretamente, donde se mostraba claramente el nombre de la misma.

Mario696969.

-¡No, no puede ser!- Le gritó Mario al espíritu, mientras una carraspera frente a la pantalla indicaba in lugar a dudas quién estaba allí sentado, en la oscuridad, jugando aquel abyecto juego.

-¡Pero espera!- Mario se agarró al sayo del espíritu en desesperación -¡Eres el espíritu del futuro, aún estás por definir, ¿verdad?! ¡Aún hay esperanza, puedo volver a intentar recuperar el espíritu original con el que empecé a jugar! ¡La fuerza que me mantendrá siempre jugando, sin perder interés nunca! ¡Dime que es así! ¡Lo haré, te lo prometo!

Por última vez no recibió respuesta, tras lo cual el espíritu desapareció, y Mario cayó gritando en un abismo de oscuridad, inundada por una rutilante cortina de cascadas de cifras y letras en un enfermizo color verde fosforito…


***


Mario cayó al suelo, junto al sillón de la trastienda. Miró a su alredor. Al parecer había vuelto. Comenzó a reir, aliviado tras el miedo absoluto que había vivido en algunos momentos de aquella alucinación. Porque tenía que ser una alucinación.

-Y en cualquier caso, ¿que más da? Lo importante es que he recordado tantas cosas… a ver, a ver…

Comenzó a rebuscar en el almacén de la trastienda, espacio que había aprovechado para acumular las toneladas de material que todo friki acaba guardando. Cada libro o caja que sacaba le arrancaba una sonrisa, y cuanto más antiguo y primitivo, el recuerdo le resultaba más arrollador.

-¡Mira esto! No recordaba que esta edición fuese tan bonita gráficamente… casi parece publicada hoy mismo… ¡Y mira esto! Este está en blanco y negro, con estos dibujos casi infantiles, pero cuando era un crío cuantas horas no pasaría mirando estos dibujos y deseando jugar y jugar… ¿Hola? ¡Que es esto! ¡La hoja de personaje de Biyonborg! Ay, como estás, viejo amigo…

Mario perdió la noción del tiempo, hasta que unos golpes en la puerta de la calle le sacaron de su ensimismamiento.

-¡Bueno días, chaval!- saludó efusivamente a Jonathan al abrir la puerta. -¡Pasa, pasa!

-¿Buenos… días?- contestó el joven, completamente descolocado.

-¡Hay mucho que hacer! Necesito que te hagas cargo de unos asuntos- le dijo Mario mientras comenzaba a meter manuales en una caja.

-Ah… eh… vale- contestó Jonathan, cada vez más perdido.

-Voy a arreglar temas, hacer llamadas, y quedar esta tarde. ¡Estás invitado! Para jugar. Hoy, hoy sí, tenemos la partida más importante…

-¿Te refieres al torneo?

-Ah, no. Eso… tengo que cancelarlo, por hoy. Posponerlo. Pero hoy no. Te dejo encargado de la tienda, pon carteles o algo para anunciarlo, chapas y te vas a casa de Julio, donde nos veremos. ¿Estamos?

-¿Eh? Pero… ¿me vas a dejar al cargo de esto? ¿No tienes miedo a que te falte algo?

-Ah, no- se paró Mario en su camino a la puerta –Claro que no. Porque si luego falta algo, pues te mato, y ya está.- Y guiándole un ojo, salió del local como una exhalación.

Mario llamó a Julio y Manolo, se disculpó con ellos, incluso pidió hacerlo con Andrea. Ante tanto entusiasmo, aceptaron quedar aquella tarde a jugar, ya que Mario se ofrecía con tantas ganas a dirigir. Pero, ¿el qué?

-Es una sorpresa. ¡No os arrepentiréis!

El resto de la mañana la dedicó a una ardua tarea de investigación para realizar una llamada adicional.

Aquella tarde, los amigos le esperaban reunidos en la casa de Julio. Cuando por fin apareció, llevaba con el una inesperada sorpresa.

-¡Germán!

Julio sin duda daba crédito a sus ojos, pero no lo hubiese esperado de ninguna forma.

-¡Qué pasa, tío!- le contestó el pelirrojo barbudo, y se abrazaron ante la satisfecha mirada de Mario.

-¡Cómo te echábamos de menos!

-¡Y yo a vosotros!

-¿Y esto?- preguntó Julio a Mario.

-Pues- le respondió este, -he pensado que, qué cojones, vamos a celebrar la reedición de primera como se merece, jugando a primera. Y para que todo sea completamente original, he localizado a Germán. Eh… Andrea, ¿tu jugarás?

-Claro- respondió ella con una sonrisa.

-¡Pues venga, a la mesa!

Lo que siguió fue una sesión compartida de recuerdos a medida que los viejos manuales eran extraídos de la caja de cartón, en una creciente algarabía. Los veteranos enseñaban con orgullo al joven Jonathan unos y otros suplementos, aunque a este le sonaba todo un poco a batallitas de abuelos cebolleta. En el crescendo, se dieron cuenta que Tomasín se había acercado a ellos y miraba con evidente interés a Mario, quien gritaba más animado que nadie. A verlo, este puso cara de afectada grandeza.

-¿Qué es lo que deseas, jovenzuelo?- le preguntó interpretando a un magnánimo rey.

-¿Puedo jugar?- le contestó el niño.

-¡Pues claro! ¡Necesitamos un noble caballero!- le respondió Mario, volviéndose a los demás, observando la expresión de contenida alegría de Julio y Beatriz, como si temiesen que lo que acababa de ocurrir solo fuese un sueño.

-¡Sentaos todos! Prosiguió rápidamente Mario, aprovechando la posición de autoridad que unánimemente se le había concedido por la situación. –No, espera- le dijo a Manolo cuando observó como repetía la jugada sentarse junto a Andrea –os tenéis que sentar como yo os indique.

-¿Y por qué?- preguntó Manolo entre sorprendido y confuso.

-¿No criticabas la cuarta entre otras cosas porque el Master había perdido poder y eso le quitaba emoción al juego?

-Sí…

-Pues eso mismo, hoy jugamos a primera, yo soy el Master y tengo potestad. Mi palabra es ley. Siéntate allí- le dijo apuntando su índice al otro lado de la mesa –y tú, aquí- señaló sonriendo a Andrea el asiento inmediatamente adyacente al suyo, en el que ella se sentó devolviéndole el gesto.

-Jonathan, tú a mi otro lado- indicó al joven. Hoy aprenderás a usar un palo de diez piés. Nadie se hace adulto hasta no entender la responsabilidad de hacer las cosas por uno mismo, en vez de tenerlas hechas por una habilidad y una tirada.

Julio y Germán se miraron sonriendo con complicidad.

-¡Vamos allá! Tirando dados todo el mundo, y pensando el personaje…

Los amigos no recordaban una sesión tan divertida creando personajes en mucho tiempo. Sin duda, que hubiese personas completamente nuevas al rol, parecía darle una frescura que no recordaban desde hacía años. También contribuyó que hablasen de sus personajes, sus gustos, motivaciones y anhelos, y todo ello en muy poco tiempo, tiempo que no hubieron de invertir en interminables decisiones matemáticas que les hiciesen sentirse enfrentados en una partida de ajedrez contra Deep Blue.

-Estáis en un camino rural- comenzó Mario solemnemente, cuando los personajes estuvieron listos. –Cuenta la leyenda que el malvado dragón Draconis vive cerca y protege un enorme tesoro. Trabajando como un equipo, vuestro objetivo es encontrar al dragón, matarlo, y quedaros con el tesoro. Andrea, tu turno.

-Ah. Y, ¿qué opciones tengo? No las veo aquí- dijo ella levantando su hoja de personaje.

-No, eso no te lo dirá- le respondió el, tomando la hoja, junto con la mano de Andrea, entre la suya, y posándola suavemente sobre la mesa. Con una dulce sonrisa, le preguntó.

-¿Qué quieres hacer?

7 comentarios:

Erekíbeon dijo...

Pues a mí me ha encantado, maese Rebollar, jejeje.

¡Un saludete!

Selenio dijo...

Genial!

No me siento identificado con el juego y la situación (nunca me ha gustado D&D y nunca hemos perdido el oremus como el protagonista), pero me ha gustado mucho la historia y esos valores de rol primigenio que transmite.

Selenio.

AOH/Rasczak dijo...

Se me ha escapado más de una sonrisa leyendo y recordando momentos parecidos a los que se ven en el texto. Enhorabuena. :)

Rodrigo García Carmona dijo...

Muy buena historia. Me parece genial, y creo que es muy importante tener ese espíritu de fondo. Aunque la verdad es que tanta crítica a la 4ª se me hace excesiva (hubiera funcionado igual sin "personalizar" en sistemas), pero entiendo que es tu espinita personal. ;)

Enhorabuena.

Wulwaif dijo...

No conozco 4ª así que no he podido compararlo, pero casi se me escapa aquí en la oficina una lagrimilla leyéndolo.

Luis M. Rebollar dijo...

Después de echarle un vistazo más tranquilamente, tras la odisea de escribirlo del tirón, estoy viendo que necesita una labor de edición considerable, porque hay cosas de vergüenza ajena, como palabras repetidas en un mismo párrafo y hasta faltas de orotografía. Y además he encontrado un par de casos en que una exposición pobre no refleja la idea exacta que quería transmitir. Considero realizar dicha labor de edición cuando tenga tiempo, pero... ¿será eso justo para los que ya lo han leído? Y además, ¿no debería utilizar mis energías en algo nuevo? Incertidumbres...

Gracias a todos por vuestras amables palabras. Paso a comentar las alusiones.

@Selenio: Siento que no te guste el D&D, aunque lo comprendo porque lo he compartido según épocas. En cualquier caso, es el referente, por historia o por lo que sea, y en él se van a cocer la mayoría de las movidas más relevantes para el hobby.

@Rodrígo: La crítica a 4ª no me parece excesiva, en realidad ´solo hay reflexiones puntuales, y bastante amables, créeme. Y es imposible que la historia funcione sin "personalizar" sistemas, aunque por cierto, no se menciona ningún nombre en concreto. ;) Esto es así porque con el advenimiento de cuarta no se produjo el movimiento revisionista en el rol. La 4ª actuó como el revulsivo por el cual lo que continuaban jugando cuatro se extendió como la polvora al "despertar" la gnte de su inopia. A la 4ª, en realidad, le debemos bastante, lo que no quita de que como rol sea una mierda; otra cosa será como juego de miniaturas. La "espinita" no es por todo eso, sino por la prepotencia de los fans de cuarta que durant estos tres años nos han tratado de dinosaurios a gente como a mí... y como a tí. Recuerda que si no fuera por todo esto, no estarías ecribiendo ese pedazo de juegazo, que no sabes la envidia que te tengo. Pero como el tiempo pone a todo el mundo en su sitio, llegará el día en que tu juego se venda, en España, más que 4ª, aunque sea porque esta se ha convertido en el auténtico dinosaurio. :)

@Wulwaif: Que nick más chulo el de usted. Envidia que me provoca. Lo de 4ª es verídico, Andrea lleva un ladrón de primer nivel. Y si conocieses cuarta, hubieses soltado la lagrimilla, sin el casi. Lo demás es en realidad mérito de Dickens, no mio. ;)

cifu79 dijo...

"(...)Lo mejor que le ha pasado al rol es ser influído por los adelantos de los juegos de mesa y todo lo demás. Añadirles cartas lo hace más fácil. No tienes que pararte a pensar rollos que te coman la puta cabeza, tío. Nada como los juegos de cartas, eso sí que está todo clarete.(...)"

No creo que "volver a las cavernas" solucione el "síndrome del botón". Mas bien opino que es una cuestión de agenda. O, simplemente de como esas agendas se llevan al extremo.

Podemos mirar con nostalgia los juegos del pasado. Pero su mayor virtud era una que no estaba impresa en en los manuales. La asunción por parte de que LO MAS IMPORTANTE ES QUE TODOS SE DIVIERTAN.

Aun así este "cuento de navidad" me ha parecido entrañable y didáctico. Y, con un poco de retraso, me tomo la libertad de recomendaroslo.